Esta es la historia de un organero recién jubilado. Todavía permanecen frescos en su cabeza los acordes de decenas de órganos recuperados para el mundo de la armonía. Se llama Manuel Luengo Flores, nacido en Llerena, con infancia en Sevilla, formado en Barcelona a la sombra de Gabriel Blancafort, y ha obrado el milagro de convertir una bodega de vinos de Jerez en un preciado taller de organería. Allí, en la calle Caldereros, número 7, duermen desde hace unos meses, las herramientas de este domador de acordes que se apea del título de maestro para nombrar a secas su oficio de organero.
Y ahora, en esta tarde de lluvias embravecidas en la que hablamos, uno imagina el homenaje que a este artesano de sonidos le dedicaran las tuberías de decenas de órganos que él ha rescatado y salvado del olvido. Porque su oficio ha sido, en su larga vida profesional, preservar la música de uno de los instrumentos más nobles que el hombre ha creado. Pero el recuerdo y el elogio a Manuel Luengo llega desde este humilde rincón a la sombra de uno de los órganos que él ha cuidado desde el día que recibió una llamada urgente de un funcionario de la Junta de Extremadura para pedirle que se desplazara a Garrovillas de Alconétar para desmontar un órgano en una iglesia que amenazaba una ruina inminente. Llegó a Garrovillas, un lugar para él remoto y desconocido, y con paciencia infinita comenzó a desmontarlo. Lo recuerda: “subí al coro y me sorprendió tanto que dije ¿qué es esto? ¡Esto son palabras mayores!”. Fue así como este maestro organero, acostumbrado a lidiar con grandes órganos catedralicios, de parroquias y monasterios, se enamoró del órgano garrovillano. Y recuerda que, a cada paso que daba en el desmontaje de esta joya renacentista, aumentaba su asombro y respeto por quienes, hace singo siglos, compusieron estos tubos de los que salen los acordes más antiguos que se pueden escuchar en toda la Península.
Y sigue recordando el momento en que, tras años de permanecer almacenado en grandes cajas de madera, logró restituir el órgano a su espacio primitivo. “Yo no soy organista. Soy organero. Pero el sonido de este órgano te engancha. No suena; este órgano canta. Cuando lo escuchas te está pidiendo que descubras un misterio”. Lo dice él que ha recuperado y cuidado el sonido de algunos de los órganos más preciados de Sevilla, de Cádiz, de esa Andalucía que durante siglos tuvo la primacía de las Bellas Artes. Sí, él siente una especial predilección por este organito renacentista al que ha venido cuidando con devoción a lo largo de los últimos veinte años. No olvido un día que llamó apesadumbrado porque estaba viendo en directo la retrasmisión de un concierto de los Memoriales “Marcos Durán” y el organista, o cualquiera de nosotros, había puesto sobre los fuelles un libro y una carpeta. También sus recomendaciones de que no se encendiera ningún artefacto eléctrico en sus proximidades; que cuidáramos que ningún espontaneo pusiera las manos sobre el teclado, y también su alerta contra cualquier desaprensivo que intentara meter un destornillador en la caja del instrumento. Lo cuidaba, lo mimaba y nadie debe sorprenderse de que la Asociación “Domingo Marcos Durán” lo haya elegido socio de honor, una modesta distinción de la que también es propietaria Montserrat Torrent, ahora que cumple cien años.
Atrás quedan los recuerdos de este artesano en su ir y venir a Garrovillas siempre que se le necesitara para que los sonidos del órgano estuvieran siempre a punto de un concierto o para una grabación discográfica. Organistas de la talla de Montserrat Torrent, de Miguel del Barco Gallego, de Francesco Cera o, últimamente, de Benjamin Alard se sorprendían y agradecían el mantenimiento de un órgano en permanente estado de concierto. Detrás estaban las manos, el conocimiento y la experiencia de Manuel Luengo, aquel niño que se enamoró del sonido de los órganos de su pueblo, Llerena, escuchando los ejercicios de un joven maestro, luego catedrático de órgano y más tarde director del Conservatorio de Madrid, el ya mencionado Miguel del Barco Gallego.
A la muerte prematura del padre, la familia recaló en Sevilla y al niño con vocación de organero le resultó fácil relacionarse con ese mundo de los instrumentos que pueblan los monasterios y conventos y las iglesias sevillanas, y debió ser así como comenzó a relacionarse con profesionales de los órganos de la ciudad. Con ellos aprendió los primeros rudimentos del oficio y sus primeras recomendaciones para asentar la vida familiar. Porque Manuel Luengo se había casado con una profesora de piano, Rosa, mientras se ganaba la vida con una tienda de instrumentos musicales, aunque seguía “con el mundo de la organería” en su cabeza…Un día los proveedores de su tienda lo invitaron a la Feria de Instrumentos Musicales de Frankfort , y el querido el dios de la armonía quiso que allí, en los largos pasillos de la Musikmesse, conociera a un joven madrileño alumno de la escuela de Organeros de Ludwigsburg uno de los centros formativos más prestigiosos de Europa dedicados a la construcción de órganos de tubos. Quedó deslumbrado – “me quedé a cuadros”- viendo todo aquel despliegue técnico de teclados, tubos, maquinarias, herramientas…
El joven Luengo regresó con la firme convicción de dedicarse a la organería. Estaba casado, tenía ya a dos de sus tres hijos (Pedro, catedrático, organista de la catedral de Sevilla y de la Basílica del Gran Poder; Javier, historiador, violinista, ingeniero de programación; y Álvaro, estudiante de piano, ingeniero industrial), pero tomó una de sus decisiones más importante de su vida : cerrar la tienda, liquidar los instrumentos, y trasladarse a Barcelona para formarse como organero en los talleres del maestro tubero José Giménez Rosiñol y con el maestro organero Gabriel Blancafort, en su taller de Collbató, Barcelona. Allí se formaron gran parte de los organeros que han trabajado recientemente en toda España.
Con estas credenciales comienza la historia de Manuel Luengo Flores, taller de organería, calle Caldereros, 7. Jerez de la Frontera (Cádiz). Quienes en el futuro deseen hacer historia de la restauración y reconstrucción, o de los trabajos de mantenimiento y afinación de los órganos de Sevilla, no tendrán más remedio que referenciar el taller jerezano de la calle Caldereros, antigua bodega de vinos. Incluso podría hacerse una guía turística de Sevilla siguiendo las ubicaciones de los órganos que Manuel Luengo ha restaurado o mantenido. No solo Sevilla, también Cádiz, Huelva, Extremadura, y en Extremadura, Garrovillas de Alconétar.
Pero no debiera preguntarle a Luengo por su obra preferida, por su órgano más…, estando como estamos a solo unos metros del órgano renacentista de Santa María de la Consolación que él ha cuidado con la misma atención que el médico sigue el curso de las dolencias de un enfermo añoso. Porque son muchos los recuerdos, tantos que prolongarían en exceso el relato. Por ejemplo, la recuperación del órgano de San Luis de los Franceses de Sevilla, un órgano catalogado de romántico que él conoció dese niño, pero en el que él descubrió su naturaleza barroca , o el de San Juan Bautista de Chicana o el de la ermita de Nuestra Señora del Ara, un realejo del siglo XVIII.
Manuel Luego ha cerrado su taller y tiene al menos una frustración: no haber podidocompletar el sueño de haber recuperado los órganos históricos de su pueblo: el de Santa Clara, sobre todo después de conocer que, por un error burocrático, su proyecto de restauración no pudo realizarse. Como tampoco pudo hacerlo con el órgano de la capilla de los Zapata, el que fuera consejero de los Reyes Católicos, en la iglesia de Nuestra Señora de la Granada.
Son muchas horas, a veces años, a solas con el órgano abierto, con el frio de los inviernos o el calor de los veranos de esta tierra tratando de restañar las heridas del paso del tiempo, pero con la satisfacción de que al final, se recupera la sonoridad con la que el instrumento fue construido y que ha conservado a lo largo de los siglos. “Cada órgano es diferente. Pero al final terminas por enamorarte de cada uno, porque cada uno tiene un algo, una personalidad y mi trabajo ha sido asegurar que esa personalidad siga manteniéndose, tal cual la crearon…”. Tal cual la creó otro maestro organero de la estirpe de Manuel Luengo Flores… ¿Por qué no pensar en conservar su legado…? Conservarlo en uno de tantos espacios disponibles en iglesias, monasterios, conventos, en un rincón con los útiles, las herramientas de un maestro organero recién jubilado pero que sigue enamorado de su oficio. jjbb
